El lobo estepario II. La re-lectura y el taller.

Dejamos en el anterior artículo la primera aproximación sobre Harry Haller. De como sus demonios le atormentan, de como sus despiadados iguales siguen en la misma línea. El dramático resultado su aislamiento voluntario, su encierro deseado: la bola de cristal que le protege.

Le protege, sí pero ¿de qué? de un mundo que no comprende, que no escucha, que no valora. Una protección que se transforma en una sensación que le boicotea y le aísla, desde una cómoda sensación de liberación, ya que el ser encuentra un ligero acomodo en el que sentirse uno mismo. Este ser que aprehende y que no tiene que liberarse más de la grisácea sensación de sentirse una masa con la que hay que interactuar. La relación con el mundo actual se mueve desde un juego de intercambio constante, con multitud de reglas, compromisos generales, buenas caras contínuas, multitud de actuaciones inconscientes, desde las que los humanos regulamos las relaciones sociales. A eso jugamos, intercambios que devienen juegos donde juegan también jerarquías, donde el ganar-perder está bien presente. Esto es lo que se propone en el funcionamiento de estos juegos, y hay personas que son apartadas de estas regulaciones en las que no cabemos todos, ya que hay seres que disponen de otros gestos habituales, con diametrales oposiciones con eso que reflejan cierta incapacidad social aparente, que Hesse lo define carnalmente en este pasaje:

“Pero en ellas veo algo más: un documento de la época, pues la enfermedad psíquica de Haller es – hoy lo sé – no la quimera de un solo individuo, sino la enfermedad del siglo mismo, la neurosis de aquella generación a la que Haller pertenece, enfermedad de la cual no son atacadas sólo las personas débiles e inferiores, sino precisamente las fuertes, las espirituales, las de más talento. Estas anotaciones – y da lo mismo que tengan por base mucho o poco de sucesos reales – son un intento de vencer la gran enfermedad de la época no con medios indirectos ni paliativos, sino procurando hacer a la misma enfermedad el objeto de exposición. Significan literalmente un paseo por el infierno, un paseo, ora lleno de angustia, ora animoso, a través del caos de un mundo psíquico en tinieblas, emprendido con la voluntad de atravesar el infierno, mirar frente a frente el caos, soportar el mal hasta el fin. “

El caos de un mundo psíquico en tinieblas representa o se manifiesta en esa enfermedad de la que adolece Harry Haller y que refleja el personaje de Hesse (el que narra aquí los pesares de Harry) que en este pasaje nos describe el paisaje de Harry, que como bien dice, representa un documento de la época, y no sólo eso, sino que todavía no hay ser humano que haya logrado visualizar salida a ese estado general para nuestra humanidad. Una enfermedad en la que se sume cualquier persona que como Harry no dispone de voluntad de encajar en los juegos eternos de sociabilidad, de consumo y vaciamiento cultural, dialógico o espiritual en la que nos hemos sumergido desde la revolución industrial. Una sensibilidad especial, un talento diferente o una simple predisposición hacia lo bizarro o a lo esencial sobre la expresión, el arte o al uso de ellas bastan.

Lo que nos planteamos aquí es la ampliación de posibilidades para estos seres de poder realizarse sino es con las artes, y en concreto, la que se puede reivindicar desde aquí aprovechando fenómenos como el que nos predispone a escuchar y a sensibilizarnos. Es precisamente desde este “lobo herido” el que nos remueve y que nos puede agudizar nuestros recursos para con estas personas que deben de sufrir en silencio ese aislamiento. Hablamos de una escritura que deviene un arma de poderosa expresividad y que con las nuevas herramientas de comunicación pueden ser un gran medio para llegar y acceder a la afectividad, mientras damos a conocer nuestros devenires. Un medio poderosísimo al servicio de las personas que, del aislamiento de antaño, pueden encontrar una plataforma desde la que conectar con personas que se pueden interesar por estos temas. Una escritura que representa un material sensible desde el que describir toda una geometría emocional y en la que emplazarse en su propio tiempo y con su propio yo, conectándose con sus propios iguales (¿habéis pensado cuántos de nosotros hemos traspasado estas incomunicaciones?), y encontrarse con estas herramientas afectivamente con otras personas, que al ponerse en común, abren nuestras emociones colocándolas en interacción colectiva.

De aquí que ponga el caso de Harry Haller, ya que puede devenir un ejemplo de persona que experimenta una sed de conocimiento, de palabra, de arte, de emociones puras que no se ven recompensadas. Unas emociones que recupera gracias a personas que le hacen ver un lado de la vida que son las que proporcionan la afectividad. Es decir, en el sumo placer de ponerlas en juego o en exponerlas mientras encuentran abrigo bajo la comprensión y el arrebato del reconocimiento mútuo. Ésas que te liberan y alimentan la emoción de expresar múltiples pasos que se realizan al conectar pensamientos y compensar el ansia de comunicarse y emocionarse juntos.

Hemos podido constatar que al gran Harry Haller sólo le bastaba encontrar a quién darse a conocer, dar a entender sus partes tan arquetípicas y hacerse ver. Por necesidad, por experimentar, o por simple deseo o trascendentalidad. Da igual, pero el hecho importante aquí es que hay que compartir males o deseos. En este ámbito nos movemos y es esta la motivación en la que nos movemos, la de generar las relecturas que nos proporciona la escritura: la de los talleres donde traspasarnos los límites de nuestro empobrecido autoconocimiento, mediante el ejercicio de la escritura, y el posterior diálogo con quien quiera colocarse al lado del conocimiento mútuo y crea que eso te puede ayudar a aprender y a crecer.

Recordamos pues el taller 1 por el que empezamos a circular las ideas en presente, con unas pautas por las que empezar a mostrar nuestro interior que siempre desea lograr un camino de salida:

Taller 1 : la comprensión de ser;

Partir del conocimiento de nosotros mismos. 

A)Ayudarse de las visiones de los demás y saber escuchar.

B) Observarse a sí mismo y recurrir a la expresión de nuestro interior.

C) Aprender del diálogo, del saber esperar el momento de la salida y/o la solución.

D) Comprender y aprender de la adversidad y del aprendizaje interior, del saber esperar.

E) Comprender y aprender a través de los ojos de los demás y de sus experiencias, y de la relación emocional que se establece.

El aprendizaje constante desde el conflicto interior, si es puesto en juego a través de personas respetuosas y en clave de comprensión mútua, siempre logra el objetivo de depurar los pensamientos, de abrir más el conocimiento en la búsqueda de alternativas, es decir, en la nueva contemplación de un pensamiento renovado. Este es el aprendizaje desde el diálogo, aunque comporte cierto dolor, que por ser compartido queda ampliamente compensado.

Seguiremos en la senda que nos dejó el gran Herman Hesse a través de Harry. Él nos puede suponer un gran antídoto a una de las enfermedades que inauguramos en el siglo pasado, para la que no hemos encontrado aún antídoto.

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